• Domingo, 22 de Julio de 2018

El esquinazo. Por Jesús Carretero

Aquí ya no extraña nada y tratándose de obras, mucho menos.

En esta ocasión, esa chapuza viene a tono con la demolición de uno de los restaurantes clásicos de Ceuta, hace unos años, La Marina.

Y no seré yo el que condene ni dé el visto bueno a una demolición, por muy clásica que fuera, pero lo que es una auténtica chapuza es que los vecinos de al lado y los de enfrente se enteren de ese derribo, cuando les llega a sus propias casas toda la polvareda que originó la demolición.

Creo que estamos en unos momentos, en los que:”esto lo hago porque conviene”,ha pasado a mejor vida. Eso se habrá hecho porque convendría hacerlo, pero establecimientos de la zona, pegaditos a lo que fue La Marina, debieran haber sido avisados para evitar que sus productos se estropearan, como pudo pasar en El Vicentino o en La Boutique del Jamón, por ejemplo, que trabajan con unos productos que pueden perderse en tres minutos, por la polvareda surgida.

Esto es lo que hay y pasado ese rato, pues parece que todo vuelve a su orden, aunque por dentro y es comprensible, a más  de uno se le sigan “revolviendo las tripas”.

El centro de Ceuta y ahora muy especialmente la Gran Vía y sus inmediaciones, está siendo el punto de mira de todas las obras, de momento, y las chapuzas en unas partes y en otras se van sucediendo, como no se ven en otras partes.

La Gran Vía, cada vez que la tenemos que cruzar, y yo paso por ella varias veces cada día, parece que se está convirtiendo en “Estremera 2”, con alambradas, vallas de todo tipo y con todo cerrado y bien cerrado para que así sea más incómodo el acceso a cafeterías o a establecimientos de toda esa zona.

Naturalmente que una obra de “altura” lleva incomodidades, nadie lo podrá evitar, pero tanta cerrazón, tanto estrechamiento, cuando las obras todavía no están y ya veremos cuando comienzan, en serio, ya parece demasiado.

Alguien comentaba, el mismo viernes, en la propia Gran Vía:” Así se dejan ver algunos”,bueno, según se mire, porque no hemos visto, todavía, en estos días, dando un paseo por estos lugares, a ninguno de los “primeros espadas” de la Santa Casa Madre. Y no dudo que alguien salga por ahí, pero eso será cuando algún fotógrafo o alguna cámara de televisión estén cerca, para que quede constancia de ello, tal como ocurrió, en su día, en FITUR.

La opinión, en la calle, sobre la cuestión de las obras estas, en contra de lo que desde las alturas pudieran pensar, no es nada  favorable y si oyes, sin pasión, a más de uno delos dueños de establecimientos de ahí, el enfado es poco comparado con lo que están soportando.

Y lo que sí es extraño para más de uno es que esos que se autodenominan defensores de la naturaleza, no hayan dicho aún “esta boca es mía”, por la desaparición de esos pocos árboles muy cerca de la Plaza de la Constitución. Por algo se empieza, en las tolerancias y ya es curioso que esos defensores de plantas estén guardando silencio. Hay para todos.